Una decena de fotos de un niño con síndrome de down, acompañado de figuras de la televisión, decoran las paredes de un local. Centenares de bicicletas, estratégicamente ordenadas por color, o colgadas de pequeños ganchos, adornan la tienda. Un cliente llega y le pregunta a uno de los trabajadores si el famoso Juanito Mena es un mito. Es en ese momento cuando Juan Mena, el Rey de las bicicletas, extiende su mano, negra de tanto trabajar aceitando cadenas y saluda a su cliente, porque aunque muchos no lo crean, a sus 65 años de edad, esta semi-celebridad de rostro desconocido para muchos, sigue trabajando en su local de calle San Diego.
Un rostro anónimo con nombre famoso
Usted, ¿se considera una celebridad?
(Ríe) No sé si se podría decir celebridad, pero creo que sí soy bastante renombrado. Somos las bicicletas más conocidas del barrio, de Santiago y de todo Chile, así que a lo mejor sí, se podría decir que mi nombre es bastante popular, pero no sé si soy una celebridad. En todo caso, la fama me la he ganado porque nunca me he creído el cuento y porque en mi local se trabaja bien.
¿Por qué afirma que es conocido por todo Chile?
Porque, por ejemplo, recién tuve a mi segundo nieto y en la clínica, mi señora le regaló al médico de mi nuera un recuerdo del nacimiento, que era una figura de loza de un bebé, con una corona de rey y estaba sentado sobre una bicicleta. El médico le dijo a mi esposa: ¿y esta cosa tan linda?, a lo que mi señora respondió: es mi nieto, doctor. ¿Y esto una bicicleta?, preguntó el doctor y mi esposa le dijo: es que es el nieto de Juanito Mena, por eso tiene que estar sobre una bicicleta.
Y luego de esto, ¿qué dijo el médico?
Se empezó a reír, porque dijo que él era cliente del negocio y que no me había reconocido. Es probable que para mucha gente no sea familiar mi rostro, pero todos conocen mi nombre.
Para las personas anónimas su rostro no es muy conocido, ¿ocurre lo mismo con los famosos?
Bueno, como puedes ver tengo muchas fotos con gente de la televisión en el local, no en todas salgo yo, pero sí Mauricio, mi hijo – con Síndrome de Down – o el resto de mi familia. Finalmente, todos conocen a Juanito Mena.
¿Un miembro más de la farándula?
¿Por qué le dedica un espacio en su local y en su oficina a las fotos con famosos?
Porque ellos son clientes y para nosotros los clientes son importantes. Para perder a un cliente no cuesta nada, pero para captarlo cuesta mucho, es por eso que para mi ellos tienen un valor especial, porque me han elegido a mí y no a otro vendedor de bicicletas. Como vez aquí hay fotos con personas tanto del ámbito político como también, con Paulina Nin de Cardona, Soledad Onetto y Daniel “Huevo” Fuenzalida que son figuras televisivas. Antes tenía una foto de nuestro amigo Felipe Camiroaga, pero decidí sacarla.
¿Por qué sacó la foto del local?
Porque en realidad me daba pena verla. Todos los años, él me hacía una entrevista, por lo tanto igual lo conocía bastante y la verdad es que duele la muerte de un conocido. El cabro era bueno, todos dicen que después que la gente se muere son todos santos, pero al cabro una vez lo escuché en una derrota, que fue cuando hubo el asunto acá al lado en el Caupolicán y le dolió mucho. Él tenía muchas más cosas buenas que no se sabían: ayudaba mucho a su familia, colaboraba con el Hogar de Cristo y ayudaba a la gente que trabajaba en la misma televisión.
Y usted, ¿cómo sabe de todas estas cosas? ¿Se las contó el mismo Felipe?
No tanto así, yo conozco mucha gente: personal de los canales, camarógrafos, gente que está detrás de pantallas y la verdad es que siempre me contaban que el cabro se las buscaba y además si ellos necesitaban, los ayudaba. Todo lo que tuvo no fue regalado, fue por su esfuerzo y por sus ganas de ayudar, igual que lo que me pasa a mí: para mí es mucho más importante ayudar a la gente que la venta, me siento satisfecho cuando entrego algo que sé que le va a servir a otro. Según mi mamá, yo llegaba hasta sin chaleca del colegio porque la regalaba (ríe).
Agradecido del Gobierno Militar
Veo que tiene una foto autografiada con el ex Comandante en Jefe del Ejército Augusto Pinochet, ¿a qué se debe que ocupe un lugar tan especial en su oficina?
Lo que pasa, es que soy un agradecido del Gobierno Militar que muchos critican. Yo considero que hubo un orden y hay muchas cosas que se le deben al General Pinochet, pero hay cosas que también fueron malas, como en todo ámbito de la vida.
¿Por qué está tan agradecido del Gobierno Militar?
Porque había más respeto, se respetaba a Carabineros y, también, se respetaban más las leyes. Las cosas que están pasando hoy en día, sobre todo el tema de la delincuencia, la sinvergüenzura, las estafas y todo eso, en aquella época no existían, había más orden en el país y eso se agradece. En la época de Pinochet había mano dura, cosa que hoy falta, porque ahora está muy blanda la mano.
¿Usted tenía algún tipo de amistad o relación cercana con Pinochet?
No, sólo tuve la oportunidad de darle las gracias en vida por lo que había hecho por el país, en el año 1988 cuando me pude reunir con él.
¿Cómo se le ocurrió ir a agradecer a Pinochet?
Todo comenzó porque tengo un amigo que es ecuatoriano, Juan Carlos Bacigalupo Buenaventura y un día, cuando estuve en su casa en Ecuador me dijo: “Juanito, así qué ¿tú eres muy conocido en Chile? Lo que pasa es que me quiero entrevistar con el Presidente Pinochet y con algún representante del Partido Socialista.
Y ¿cómo llegó a concretar las visitas?
Yo era muy amigo de los sobrinos de Julio Palestro, que fue alcalde de San Miguel y militaba en el Partido Socialista, por lo tanto con ellos conseguí el contacto. Con Juan Carlos, el mismo día estuvimos con el Presidente Pinochet y con el representante del Partido Socialista, como él quería.
Los que se portan mal, castigados serán
Me dijo que tenía clientes influyentes en varios ámbitos, ¿quiénes serían?
Uno de ellos es Don Francisco, es mi amigo hace más de 30 años y cliente del local, otro es Eduardo Frei, ex Presidente del país y bueno, otro de los clientes de mi local es Sebastián Piñera, nuestro actual Presidente, incluso aquí en mi oficina tengo una foto de mi familia con él.
¿Una foto de su familia con Sebastián Piñera? Y, ¿dónde está que no la veo colgada?
Luego de esa pregunta, Juanito Mena se levanta de su antigua silla, camina unos pasos y se dirige hacia un mueble, saca una caja que está sobre él y en ese momento se logra ver la foto de su familia con Piñera, colgada en la pared.
Aquí está la foto, pero la tenemos tapada porque Piñera se ha portado mal en este tiempo, dice riendo.
“La municipalidad debería proveer de seguridad a los vecinos, es injusto que tengamos que pagar por algo que no nos corresponde”, asegura Miriam Aguilera, vendedora de artículos electrónicos del barrio San Diego. Hace un año, la Ilustre Municipalidad de Santiago retiró una de sus casetas de seguridad de calle San Diego. Al igual que muchos de los vecinos del sector comprendido entre Av. Matta y Coquimbo, Miriam pide con urgencia que la caseta vuelva a ser instalada, ya que sin ella, los robos aumentaron considerablemente y, por lo mismo, los locatarios se han visto en la obligación de implementar costosas medidas de seguridad para proteger sus locales.
La falta de seguridad es un problema que afecta día a día a los comerciantes de toda la comuna de Santiago, que tienen que invertir grandes cantidades de dinero en este ámbito para velar por la protección sus negocios. Un ejemplo de esto son los locatarios del barrio Meiggs que motivados por erradicar la delincuencia de su sector, comenzaron a pagar 20 millones de pesos mensuales a la municipalidad. Todo esto para tener uno de los mejores sistemas de vigilancia de la comuna, que cuenta con cámaras, rejas que cierran la calle e inspectores municipales las 24 horas del día. Eduardo Botetano, Director de Seguridad Municipal de la comuna de Santiago, asegura que “hoy en día para solucionar los problemas, hay que invertir en seguridad, ya que a pesar de que la municipalidad está consciente de los problemas de seguridad que afectan a toda la comuna, no pueden solucionarlos sin la ayuda de los privados”.
Las casetas de seguridad que proporciona la Ilustre Municipalidad de Santiago y que son dispuestas en diversos lugares de la comuna, tienen un costo aproximado de tres millones de pesos, de los cuales $1.600.000 como mínimo, deben ser cancelados por los vecinos que quieran instalarlas, porque son ellos los que se tienen hacer cargo de pagar el sueldo de los cuatro guardias que deben trabajar en ellas. Un monto mucho más bajo por locatario, comparado con lo que han debido invertir en la seguridad de su local.
Los vecinos de San Diego consideran que están más vulnerables a robos y hurtos desde que la caseta fue retirada, por lo mismo han tomado sus propias precauciones: contratar sistemas de alarmas para proteger sus locales, poner rejas con punta y mejores candados que no puedan ser abiertos por los delincuentes, además de pagar entre $18.000 y $20.000 por local a la directiva de la Galería Sur. Cancelar este monto les da derecho a tener un nochero y cámaras de seguridad que resguarden las tiendas, pero esto no es eficiente para los locales que se encuentran fuera de la galería, porque las cámara no logran enfocar algunos negocios y el nochero nunca vigila los locales del exterior de la galería, sólo los internos, por lo tanto, estos mismo locatarios son los que piden desesperadamente la vuelta de la caseta al sector.
Hace unos años, los comerciantes del sector se organizaron: recolectaron firmas y se comprometieron a pagar una cantidad determinada de dinero (dependiendo de lo que pudiera aportar cada locatario) para tener una caseta en el sector que se ubicó frente a la Galería Sur, pero que fue retirada por el municipio, por el no pago del sueldo correspondiente al personal. La deuda de los locatarios con los trabajadores fue de 18 millones de pesos en total, y tuvo que ser cancelada por la Corporación de Desarrollo de Santiago, organismo encargado de la administración de los recursos de las casetas municipales, lo que provocó una cifra negativa en el presupuesto de esta entidad.
Miriam junto a otros locatarios concuerdan en que “con la delincuencia, ha bajado la afluencia de público en el barrio y, por lo mismo, San Diego poco a poco está muriendo, pero nosotros no queremos que esto ocurra”. Para evitar que la delincuencia “mate” al barrio, los vecinos se han organizado nuevamente para que la caseta de seguridad vuelva a estar ubicada frente a la Galería Sur, ya que comentan que cuando la caseta estuvo en el sector, los robos disminuyeron, los guardias ayudaban a los vecinos y además de esto, realizaban rondas constantemente para resguardar la seguridad del perímetro.
Con los antecedentes que se tienen acerca del no pago de los vecinos de San Diego y de la deuda que dejaron en la corporación, el proyecto de la nueva caseta que se emplazaría en el lugar está detenido, puesto que el municipio no se quiere arriesgar a perder dinero en una caseta que finalmente, no será financiada por los locatarios. “Yo les digo a los vecinos que no asuman los compromisos de instalar casetas, porque es muy oneroso para ellos y al final no pueden cancelar. Por nosotros pusiéramos casetas en todas partes, pero ¿quién cancela?, ¿quién paga finalmente?”, aseguró Botetano.
Pero los locatarios no sólo reclaman por la falta de vigilancia del departamento de seguridad de la municipalidad, sino que también por el desamparo de Carabineros, ya que aseguran que no realizan patrullajes en su sector: esto es porque San Diego es el eje que divide el cuadrante que corresponde a la 2º y a la 4º Comisaría de Santiago, por lo tanto, sienten que están en tierra de nadie, ya que ninguna de las dos comisarías se hace cargo en un 100% de la vigilancia del lugar. “A mí ya me han entrado a robar dos veces al local, lo peor que pueden haber hecho los de la municipalidad, fue retirar la caseta. Carabineros no patrulla tampoco, y a nosotros ¿quién nos protege?” afirma angustiada Margarita Espinoza, locataria que vende accesorios de computación hace más de 10 años en el barrio San Diego.
Pero la visión de la municipalidad dista bastante de la realidad de desamparo de la que hablan los comerciantes de San Diego: Eduardo Botetano, asegura que “los vehículos que patrullan la comuna de Santiago, se tienen que devolver sí o sí por calle San Diego y por eso, su paso por ahí es constante”, desmintiendo las acusaciones que hacen los vecinos de falta de patrullaje y vigilancia. Agrega que no es una obligación del municipio invertir en seguridad, porque eso le corresponde a las fuerzas de orden y seguridad pública, o sea, a Carabineros y a la Policía de Investigaciones, y que ellos sólo apoyan la labor de estas entidades. Botetano es enfático en señalar que “esto es un problema del Gobierno, ellos deberían asegurar la seguridad del país. Lo de la falta de seguridad es un problema nacional y requiere una solución a nivel nacional y no sólo a nivel municipal, porque no nos corresponde”.
Carabineros también desmiente la versión de los vecinos de San Diego acerca de que no hay presencia policial en el lugar. El encargado del Departamento de Comunicaciones Sociales de la institución, José Mora, aseguró que “a pesar de que los carabineros no estén de forma permanente en el sector, como sí lo están en el Casco Histórico, siempre se hacen rondas por la calle San Diego, incluso la mayoría de nuestros motoristas bajan por aquella arteria para llegar más rápidamente a la Alameda”. Además de esto, aseguró que el problema de que San Diego fuera el eje que dividía lo que correspondía a dos comisarías no tenía nada que ver, puesto que ellos hacían planes de vigilancia generales para la comuna y no a nivel de calles, como le gustaría que ocurriera a los vecinos que tienen sus locales en San Diego.
La caseta de seguridad aún no puede ser instalada en San Diego porque los vecinos no han logrado reunir la suma de dinero que necesitan para ello. La Municipalidad de Santiago se desliga del tema de seguridad del sector diciendo que ellos no pueden hacer más que patrullar y esperar que el dinero llegue, porque no tienen otra forma de financiar las casetas si no es con la ayuda de privados. Carabineros asegura que ellos seguirán con sus rondas de vigilancia en el sector, pero los comerciantes no están conformes: quieren poder retirarse de sus trabajos con la seguridad de que nada ocurrirá en sus locales y están seguros que esto no sucederá hasta que no se instale la caseta, porque creen que lo que ofrece la municipalidad y Carabineros “sólo quedará en promesas que no se cumplirán”.

“En la sala de la Academia de Teatro, pasa de todo, pero sólo entran hombres”, cuentan Franco y Matías, ambos de 15 años y alumnos de 1º medio del Instituto Nacional. Afirman que en este lugar, se reúnen los alumnos homosexuales que se quedan en la toma. Dicen que nunca los ven “en acción”, pero que siempre que ingresan a aquella sala, los preservativos en el suelo delatan lo que en ella ocurre. Reconocen que los homosexuales asumidos son un grupo reducido, pero cada noche luego del consumo de alcohol, no hay inhibiciones entre los jóvenes, puesto que “lo que pasa en la toma, se queda en la toma” y eso es ley para todos.
En mayo de este año, el 73% de los alumnos del Instituto Nacional votó a favor de un paro indefinido, para apoyar las movilizaciones por una educación gratuita y de calidad. Hoy, llevan casi 90 días en toma, pasando hambre y frío en su establecimiento. Estos estudiantes tienen claro que la organización es primordial: se dividen en pequeñas comisiones para llevar a cabo las labores de difusión, limpieza y seguridad, además de turnarse para pedir dinero a las personas que transitan por calle San Diego y Arturo Prat.
Para ingresar al Instituto Nacional, las visitas deben dejar alguna identificación en la puerta y asegurar que no grabarán nada al interior, mostrando a los encargados de seguridad que en sus bolsos o mochilas no llevan ningún tipo de cámara. Al interior del establecimiento, los alumnos temen hablar con extraños, algunos muestran su incomodidad ante las preguntas con tics nerviosos tan extraños como que les tirite el parpado inferior. No pueden responder ninguna pregunta respecto a la toma, ya que son vigilados y reprimidos por otros compañeros para no hacerlo, puesto que cualquier información que entreguen, les puede costar la salida de la ocupación.
Al comienzo de la toma, se establecieron reglas: “la ley seca, la ley a tierra y la ley fleta” (es decir, no se permitía alcohol, drogas, ni actos homosexuales), cuenta Matías, pero ya a tres meses de haber comenzado con la ocupación, nada de esto se respeta. Muchos de los ocupantes del colegio reconocen que el alcohol es el ‘culpable’ de muchas de las cosas que ocurren. “Cuando tomamos, nos olvidamos de todo”, cuenta Franco, luego de pararse de las piernas de un compañero con el que coqueteaba.
A pesar de la prohibición de ingresar bebidas alcohólicas a la toma, no hay control respecto a esto en la puerta del establecimiento. En un principio, traían en sus mochilas cuadernos para repasar algunas materias y pinturas para hacer lienzos que aludían a la mala educación, pero esto cambio luego de unos días: hoy son las cajas de baratos vinos, cubiertos con bolsas negras y compradas en botillerías cercanas, las que transportan los estudiantes al interior de sus bolsos, con ellos se emborrachan como cada viernes en el que realizan tocatas culturales, dónde el rap, el hip-hop y otros ritmos inundan sus oídos. Se juntan en grupos, se sientan en el suelo del colegio, y al compás de la música, ingieren alcohol en grandes cantidades.
“Hay minas que vienen sólo para tener sexo”, cuenta Sofía (15), una menor que estudia en un establecimiento municipal de la comuna de Santiago y que, muchas veces, se ha quedado en la toma del Instituto Nacional, al igual que otras 10 niñas que frecuentan el lugar noche tras noche. Cuenta que su motivación para ir es ayudar y acompañar a sus amigos, pero asegura que ella jamás ha tenido sexo con ninguno de los ocupantes del colegio. Sin embargo, afirma que en las famosas ‘catacumbas’ - como es conocido el subterráneo del establecimiento - los escolares viven noches de desenfreno. “Es un lugar húmedo, feo, parece una casa abandonada”, describe Sofía, pero dice que esto no es impedimento para que muchas parejas lleguen por las noches o incluso durante el día a aquel lugar, para tener encuentros que los jóvenes catalogan como ‘románticos’, aunque de esto, no tengan nada.
El consumo de marihuana no está permitido dentro de la toma, pero venderla no es un ‘pecado’ para los institutanos. ‘Chicho’, de 16 años, vende “cogollos a luca” en la puerta del establecimiento, ofreciendo su producto a cualquier persona que se acerque preguntando por él. Los alumnos tienen claro que la droga no puede ser consumida en el interior, pero a ‘Chicho’ sólo le interesa hacer negocios, es por esto que efectúa transacciones con muchos de sus compañeros dentro del establecimiento, les advierte que deben salir a fumar a la calle y, aunque muchos de los menores respetan esta regla, Matías (16) asegura que en la noche esto no se cumple: “Hay muchos que les da lata salir en la noche, ‘pitean’ adentro y ya nadie les dice nada”.
Nadie tiene claro cuándo terminará el conflicto estudiantil y los alumnos del Instituto Nacional no saben cuando bajarán su toma, sin embargo, las noches de desenfreno tan propias de estos adolescentes seguirán, más que mal, para los institutanos: “lo que pasa en la toma, queda en la toma”.

En la época previa a navidad, se venden de 8 mil a 10 mil bicicletas en los locales de Juanito Mena ubicados en calle San Diego. Según cuenta el famoso “Rey de la bicicleta”, cuyo apodo nació de una antigua encuesta hecha por Radio Santiago, la última quincena de noviembre y las primeras semanas de diciembre son la mejor época para la venta de estos artículos. Nacido y criado en San Diego, jamás ha tenido la intención de abandonar el barrio, porque desde pequeño soñó con tener su propio local en el sector de venta de bicicletas más famoso de Santiago, incluso un poco de esta fama se le debe a él, quien afirma que “no sólo somos las mejores bicicletas de San Diego, sino de todo Chile”.
Dentro del mismo barrio donde se ubica la tienda de Juanito Mena, frente al Parque Almagro y con casi medio siglo de existencia, se encuentra la feria de los libreros de San Diego, que entre marzo y abril tiene su mayor peak de ventas, puesto que centenares de personas se dirigen hasta ella para comprar los libros más baratos de la capital.
“Aquí antes había un juego que se llamaba ‘La Cuncuna’. Una vez llegó un señor preguntando por ella, quería verla porque ahí conoció a su esposa. Lamentablemente, el juego ya no existe, pero eso demuestra nuestros años de historia”, cuenta como anécdota Patricia Toloza, trabajadora de los Juegos Diana ubicados también en calle San Diego hace más de 34 años, que a pesar de no tener gran afluencia de público, como en los años 80, se mantienen con una clientela fija que los frecuenta cada semana. Con juegos tan típicos como la Rueda de la fortuna o El barco pirata, buscan que los nostálgicos padres que alguna vez jugaron en este lugar lleven también a sus pequeños hijos, para que la tradición de ir a los Juegos Diana se mantenga, como se ha hecho hasta ahora, de generación en generación.
A pesar de que en el barrio hay muchos lugares que se mantienen en el inconsciente colectivo de los santiaguinos, existen locales más desconocidos que prestan variados servicios: uno de ellos es el antiguo taller vaciador de los hermanos Díaz, los afiladores de cuchillos, ubicados en calle Eyzaguirre esquina San Diego. Este negocio familiar tiene veintiséis años en el sector y lleva a cabo una tradición que se remonta a 1934. Julio Díaz, uno de sus dueños, comenta que esto es una artesanía de la que su padre fue precursor en la familia, afilando –antiguamente- navajas y serruchos. Hoy, afilan cuchillas para imprentas, además de prestar servicios para afilar implementos de jardinería, cuero, ferretería y calzado. En Santiago, sólo existen tres locales de este tipo con el mismo nivel, es por eso que la clientela no los traiciona y los sigue hace años. “Hay clientes que vienen desde que tenían quince años y ahora tienen sesenta o setenta”, cuenta Díaz según lo que le comentaban su hermano y su padre.
“Es cosa que preguntes, todos conocen Las Tejas”, afirma Cristian Lira, administrador de este antiguo restaurant de comida chilena ubicado en San Diego con Tarapacá. Al ingresar, la atmósfera de este local atrapa a sus clientes desde el primer momento: con carteles de recitales de grupos chilenos como Chancho en Piedra y Chico Trujillo, enmarcados en sus paredes, los hacen sentir en un espacio bastante patriota semejante a un 18 de septiembre que aquí, se celebra todo el año. Este negocio familiar existe desde el año 1942 en Santiago, pero desde el 78 se ubica en San Diego. Ofrece comida y tragos típicos chilenos como chicha, pipeño, chanchos y parrilladas, que son su especialidad. Es el único local de comida chilena en el sector y por eso ha ganado mucha fama.
En la esquina de Nataniel con Eyzaguirre, Humberto Norambuena se instaló hace más de cincuenta años en una casa del barrio, con el rubro del fotograbado en metal y en goma, muy utilizado hace algún tiempo para la realización de diarios y revistas. Hace catorce años, comparte la casa que arrienda con Mauricio Salgado que se dedica a la confección de timbres de goma, y que según Salgado “siempre son necesarios porque todo el mundo necesita un timbre de este tipo”. En cuanto al rubro del fotograbado, con la aparición de la computación la clientela disminuyó bastante, ya que actualmente todo lo que se hacía de esa forma se hace por computador, pero aún quedan en Santiago tres o cuatro empresas que se dedican al fotograbado, incluyendo la de don Humberto, porque aún hay personas que lo necesitan, y afirma que a pesar de las bajas “nunca falta clientela, ésta siempre se mantiene”.
“Hay fuego en el veintitrés, en el veintitrés (…)” se escucha desde un local ubicado entre Eleuterio Ramírez y Tarapacá. Este son cubano anticipa lo que encontraremos en el lugar: música, literatura, artesanía y esculturas cubanas. Esto es Son de Cuba, un negocio atendido por cubanos, ubicado hace seis años en la céntrica calle capitalina, a la que llegaron a instalarse, en un principio, por razones económicas, pero que con el paso de los años no han querido abandonar por la exclusividad que les da el sector. “Son de Cuba rompe el esquema de un negocio típico, porque San Diego es conocido por las bicicletas y por la literatura, pero este es un local llamativo, porque tenemos música para la calle y esto llama la atención”, cuenta el simpático Jorge Arrans, trabajador del lugar hace cuatro años.
Esto es San Diego y esta es la nueva cara que el barrio quiere dar a conocer a la ciudad: un lugar en donde se pueden encontrar los más diversos servicios para todo tipo de personas, en el que grandes y chicos pueden disfrutar con juegos, literatura, comida e incluso con la cultura de otros países. En resumidas cuentas, un lugar que tiene todo lo necesario para que un transeúnte disfrute su paso por él, ya sea haciendo compras, comiendo o incluso, viviendo en el sector.
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